Bittersweet
Por fin, partimos a España el pasado jueves 29 de mayo. Claro, en el interín hubo mucho estrés, lágrimas y momentos “cataplos”. Por ejemplo, el mismo 29, Oliver tuvo que ir al banco a retirar los euros en efectivo que había solicitado a Cadivi… ni hablar de la maleta que tuvimos que comprar corriendo, porque quedaban muchas cosas sin empacar.
Ese jueves, mi mamá y mi hermana Anny, salieron en avión desde Barcelona para despedirnos en Maiquetía. Los minutos que pasamos juntas fueron poquísimos, porque la cola de chequeo en Air France no era normal y luego teníamos que ir directo a inmigración. Pudimos intercambiar regalos y tarjetas, porque el día anterior mi papá había arribado a 52 años de feliz existencia. Coincidencialmente, la tarjeta que me regaló Anny fue la misma que yo le compré para su cumpleaños (18 de mayo) y que no le entregué antes porque se quedó en casa de Oliver.
Por cierto que mi suegrita Mildred y la cuñis Yesenia también estaban con nosotros en el aeropuerto. Y aunque en medio de lágrimas, también se sentía la alegría de saber que la vida nos estaba abriendo las puertas de una oportunidad única y que en España estaría el inicio de nuestra historia como pareja, además de los logros profesionales que podremos alcanzar.
Lamentablemente, no todo fue tan utópico… en inmigración pasamos 1 hora. La cola era terrible y se notaba a leguas que era con mala intención. Una representante de Air France pasó por las filas a preguntar quienes estaban por salir en el avión de las 4 pm a París (vuelo que tomaríamos, para luego hacer transbordo hasta Madrid). Finalmente, a las 4:05 pm pudimos llegar a la puerta de embarque, solo para encontrarme con un balde de agua fría: una de mis maletas le parecía “sospechosa” a la Guardia Nacional y querían abrirla.
Así que me tocó bajar al área de equipaje y abrir una maleta cargada de…libros! Según ellos, los rayos x no veían lo que había dentro y los libros tan solo parecían un bloque macizo. En fin, luego de 25 minutos pude regresar al avión y sentarme. Me sentía mal… no solo el rato en Inmigración, si no llegar retrasados al avión y aun así, retrasar aun más el vuelo porque tenía que revisar el equipaje. Y peor aun, esa era la “despedida” que me llevaba de mi país.
Cuando el avión empezó a correr por la pista, no tuve corazón para mirar por la ventana. Aun sentía la molestia vivida, que se mezclaba con la nostalgia por todo lo que estaba dejando atrás. Me controlé un poquito, para que solo salieran un par de lagrimones… no quería que Oliver se diera cuenta, mucho menos la compañera de viaje que tenía a mi izquierda. Pero… que va, él se dió cuenta e hizo lo posible para que me sintiera mejor. Pero no es fácil, saben?
Llegamos a París en medio de una niebla de terror, con media hora de retraso por lo ocurrido en Maiquetía. Afortunadamente, nuestro vuelo enlace hasta Madrid, también tenía retraso. Lo negativo de eso fue que, al llegar a la ciudad, Oliver no pudo concretar las actividades que la empresa con la cual trabajará, había planificado para él. Ya en la tarde, salimos a “tomar el aire”, sorprendidos ante la luminosidad de la tarde, aunque ya pasaban de las 8 pm. Anocheció cerca de las 10 y el clima estaba delicioso… luego de una cena poco gourmet en Burger King, regresamos al hotel para descansar y caer en las garras del jet lag.